Este tipo de empresas combina el lucro con la solución a problemáticas sociales y ambientales. En la Argentina hay más de 50 certificadas bajo este sistema, cuyo principal requisito es contar con un propósito relacionado con el triple impacto. Ámbito Biz propone cuatro casos: la génesis del negocio, cómo se financiaron, los problemas que enfrentan y la necesidad de escalar al exterior. En tanto, en el Congreso hay un proyecto de ley que busca dar sustento legal a estas firmas bajo la figura de “Empresa de Interés y Beneficios Colectivos”.

Nacida como la ONG «Revolución Pelota», que recorrió varias provincias de la Argentina y países de la región repartiendo pelotas de fútbol usadas en potreros y clubes de barrio, FC Bola surge ante la necesidad de financiar ese trabajo solidario. «Escuchamos sobre las Empresas B y nos parecía interesante como a través de la empresa se podía llegar a tener un impacto en la sociedad», explica Facundo Leiton, uno de los fundadores. Luego tomaron la idea de un emprendimiento de EE.UU. que implementó el modelo 1×1 por cada producto vendido se dona otro y se lanzaron a fabricar pelotas de fútbol. «Una pelota social», como ellos la definen ya que esta empresa persigue un fin social, generar inclusión a través del deporte con una pelota de fútbol como herramienta.

Para iniciar el emprendimiento realizaron una campaña de financiamiento colectivo. «Buscamos probar que nuestra idea funcionaba», acota Leiton algo que se confirmó en abril de 2016 cuando comenzaron a producir.

El producto es básicamente social y se vinculan con fundaciones, escuelas, clubes de barrio y comedores a quienes definen como «distribuidores de juego». Se venden por internet y en varios locales. El packaging es de papel reciclado y si las pelotas que tienen alguna falla o se descosen se las refacciona.

El contexto económico no deja de ser muy importante para estas iniciativas. «Como toda empresa tenemos la preocupación de llegar a fin de mes para poder pagar los sueldos, el alquiler y los gastos», asegura el emprendedor y recuerda: «Nosotros además dependemos de las ventas para poder cumplir nuestro propósito, el de donar pelotas de fútbol».

CALZADO CONSCIENTE

Bajo el lema «Calza conciencia», Xinca fabrica zapatillas y calzado de trabajo con neumáticos reciclados y retazos de talleres textiles. El desarrollo nació en 2013 de la mano de los mendocinos Alejandro Malgor, Nazareno El Hom y Ezequiel Gatti, quienes decidieron convertir la actividad social que desarrollaban en un emprendimiento de triple impacto. «Nuestro propósito es que el mercado se emocione con la integración de las personas y el cuidado del planta», sostiene Ezequiel Gatti. El comienzo no fue sencillo ya que ninguno venía del ramo del calzado, tampoco del tratamiento de residuos. «Comenzamos a investigar sobre residuos y descubrimos que en el país se genera mucho desperdicio y vimos que ahí había recursos que se estaban desperdiciados», recuerda. Los primeros productos fueron suelas, luego sumaron restos de telas para la confección de zapatillas, alpargatas y borceguíes. En la actualidad realizan además indumentaria y accesorios, todos con materiales reciclados.

Para la fabricación, Xinca emplea a personas de organizaciones sociales pero fundamentalmente su producción la realizan reclusos del penal San Felipe de Mendoza. «A veces hablamos con personas de 40 años que te dicen, ´es la primera vez en mi vida que trabajo, es bastante potente el proceso´…», explica Gatti. La actividad laboral no se agota en el penal, hay tres externos que trabajan desde su casa. «Buscamos instalar un modelo para que los liberados tengan posibilidades de trabajar», resume, y adelanta que hay conversaciones con el Gobierno nacional para replicar este sistema a escala. Gatti reconoce que «tener una actividad productiva y comercial en la Argentina es bastante difícil y más generar una marca», sin embargo valora el consumo consciente que advierte está en crecimiento.

AGROINDUSTRIA SUSTENTABLE

La cordobesa Porta Hermanos es un caso de una empresa familiar con más de 130 años que fue modificando su negocio para hacerlo cada vez más sustentable. Nació como una fábrica de licores y en la actualidad desarrollan además alcoholes de alta calidad, vinagres y acetos, y diseños y producción de plantas de etanol. La clave en esta organización es la utilización del 100% de sus materias primas. «Nuestro propósito es sostener el crecimiento integral de nuestra empresa, su gente y sus grupos de interés, generando valor colectivo», asegura Patricio Beato, gerente general. En esa línea priorizan mano de hora y productores cercanos a la planta y desarrollan actividades con la comunidad. «Fuimos adecuamos nuestras prácticas pensando más allá del lucro de los accionistas», sostiene el ejecutivo.

Pero quizás la pata más sustentable de la firma son sus «Minidest», tres mini destilerías que ubicaron en los campos cordobeses. Este desarrollo propio, premiado por innovación agroindustrial, procesa maíz para convertirlo en etanol y con lo sobrante crea burlanda, un concentrado proteico útil para la alimentación de animales en tambos y feedlots. Según Beato con este desarrollo se buscó maximizar la eficiencia productiva del etanol, eliminando costos de fletes y simplificando la logística. El desafío era tecnológico, buscaban crear una estructura industrial capaz de funcionar en cualquier campo y ser operada en forma remota y lo lograron. «Decidimos agregarle valor al campo», afirma y acota «el productor tiene un producto con mayor valor agregado y la burlanda para sus animales», es decir, mediante este proceso pueden transformar el maíz en productos con alto valor agregado in situ.

MOCHILAS CON VELAS NÁUTICAS

Los hermanos Paz y Marcos Mafia toda su vida realizaron deportes náuticos y tras un pedido de su madre de desalojar un garage lleno de velas surgió la idea de realizar algo con esas telas especiales. Así nació Mafia Bags, una empresa que protege al medio ambiente a partir de la reutilización de velas náuticas para la fabricación de mochilas y bolsos. A su vez, trabajan con fundaciones para que a partir de la producción las personas puedan salir de la situación de vulnerabilidad. Ambos hermanos venían de trabajar en empresas multinacionales, por lo que decidieron encarar su negocio de otra forma. «Nos dijimos esto tiene que servir para sacar residuos que no son biodegradables y dar trabajo a gente que le hace falta», explica Paz Mafia.

La recolección de materiales comenzó visitando guarderías náuticas, pero con el boca a boca los mismos deportistas les comenzaron a alcanzar la materia prima. La transacción es sencilla, ellos reciben las velas y a cambio otorgan una mochila realizada con este material y el resto de lo producido sale a venta desde su show room y mediante ventas online. Para generar mayor escala llevaron el modelo a San Francisco (EE.UU.) donde trabajan desde hace dos años con familias de refugiados y fabrican para el mercado local y para exportar a Japón. También están otorgando licencias de marca. Ya hay una en Barcelona y tienen planes de llevarlo a Brasil y Australia.

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